Pandemia: ¿ BARRANQUILLEROS, LA CASA O LA CIUDAD ?.

– NOS QUIEREN CONDENAR POR LO QUE SOMOS: SERES PASIONALES. 
– BUSCAR CULPABILIDAD EN LAS AUTORIDADES ES DE FARISEOS. CRITICAR SIN PROPONER SOLUCIONES, ES DIATRIBA.
 
Por. GASPAR HERNÁNDEZ CAAMAÑO.
 
Los Barranquilleros, los nativos, los ñeros, somos pasionales frente a la vida. Tenemos una visión, aparentemente, nietzscheana de vivir. “VIVIR PELIGROSAMENTE”, como sugería el bigotudo filósofo que alaba la vida de la Grecia antigua. Entendemos que vivir es riesgoso. Y que de la muerte resucitamos, como “Joselito”: el difunto más llorado del mundo entero. La “Danza del Garabato”, la comparsa más auténtica de nuestro Carnaval, “QUIEN LO VIVE, ES QUIEN LO GOZA”, es el simbolo de lo que somos: un pueblo de pasiones, donde vivir es una fiesta diaria.
 
Hoy, frente a las estadisticas de muertes y contagios por la pandemia del coronavirus, nos condenan por nuestra manera desaforada de vivir de cara al sol y culpan a nuestras autoridades locales, elegidas popularmente, por los incrementos de enfermos y fallecidos a causa del COVID-19, un mal que ha estado regando de muertos al mundo entero en estos aciagos meses del 2020, año bisiesto.
 
Y para el control de la invisible y mortal plaga que nos ataca a los humanos, a los barranquilleros se nos aconseja vivir dentro de las recomendaciones sanitarias. Sencillas todas”1)usar tapabocas, 2)lavada de manos con jabón y 3) distancia social. O sea, vivir prudentemente. He ahi un gran reto educativo. De pura pedagogia social.  
 
Nací en Barranquilla, 1953, en la maternidad “Paraiso”, ubicada en el corazón de la “vieja Barranquilla” (la del Siglo XX), unos días despúes que en Bogotá, la Capital de la República, se instalara un gobierno MILITAR y naciera la efímera DICTADURA, la del General Gustavo Rojas Pinilla.
 
De esa dictadura, creo, Barranquilla no sufrió sus consecuencias, sino que la misma, al clausurar El Espectador, permitió que Gabriel Garcia Márquez, que en el Bar “La Cueva” se habia reconocido como escritor, escribiera de un hambriento tirón “EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA”, su mejor novela y creado el único General de nuestra historia, Aureliano Buendia, que perdió todas las guerras, hasta las de la memoria. Macondo es Barranquilla. Donde todo es real, pero maravilloso. Increíble.
 
Para esa época de militares gobernando y difusión de muertes violentas, Barranquilla se convirtió en un refugio de miles y miles de colombianos que huyeron de la violencia que se sembró en los campos y ciudades de un país de regiones con clima, religión, geografía y costumbres gastronómicas y culturales diferentes.
 
En Barranquilla los barrios se bautizaron con nombres que denotan paz, tranquilidad, sosiego. Unos ejemplos son: El Santuario, La Paz, Recreo, El Paraiso, Ciudad Jardin, Rio y Mar, El Porvenir, El Prado, Bellavista y Jardines de Tivolí. En esos bautizos de barrios se esconde un espiritu, el de una ciudad de brazos abiertos. Una sociedad abierta, cuyo modo de ser no es fácil comprender en tiempos que exigen precaución. Prudencia.
 
Entonces parece ser que no le tenemos miedo a la muerte. O es tanto el miedo que le profesamos que corremos a vivir desaforada y desordenadamente, frente a la pandemia creyendo, falsamente, que la derrotamos. Por eso hoy padecemos, los barranquilleros, con partida de bautismo, el conflicto de LA CASA O LA CIUDAD. La ciudad es la calle. El agite. La humana sociabilidad. La casa el hogar. El reposo. La propia privacidad.
 
Pero la pandemia del coronavirus es la naturaleza y afecta, en sus efectos y consecuencias de vida o muerte, a la humanidad, que también es naturaleza mediada por la cultura humana.
 
 Necesitamos de la cultura que nos transformó de animales a humanos para combatir y vencer al virus que cobra vida. No es con animalidad, violencia, con que podemos enfrentar a la epidemia. Asi que de animales pasamos a humanos por la cultura. La agricultura. Por la educación. Una educación altamente pedagógica, que forme seres humanos. No una fábrica de “titulados”.
 
Es con pedagogía social con que se batalla contra la plaga, ciega pero destructiva.  
 
Cuando se declaro la pandemia y se ordeno cuarentena, como didáctica para atacarla, el primer conflicto que surgió fue el de economía o salud. 
 
Las autoridades pidieron tiempo para organizar, en la ciudad, zonas sanitarias y adecuar clínicas y hospitales, mientras las factorías y oficinas se cerraban. El trabajo se trasladaba, afortunadamente, a la casa. La cultura digital, electrónica, lo hacia posible.
 
Luego de armonizar el primer conflicto, economía o salud, se flexibilizó la cuarentena y volvió, gradualmente, la producción, la construcción, el comercio. Y se salio a la calle. A la ciudad. Se dejó la casa. Y el coronavirus volvió a azotar plazas, mercados, esquinas y aglomeraciones festivas que se acostumbran celebrar, en Día de las madres;  Día del padre. La pasión olvidó la prudencia y la muerte regresó a la ciudad.
 
El nuevo conflicto para nosotros, los barranquilleros de todos los sectores urbanos,  la casa o la ciudad. 
 
Según las estadisticas Barranquilla superó, en contagios, a Bogotá. Y el Atlántico se colmó, en sus municipios sin grandes hospitales, de contagiados por el virus. Algunos portadores han llegados por los descuidados puertos riberenos de Soledad, Malambo, Sabanalarga, lugares por donde ingresan personas provenientos del Magdalena (Esta “invasión biológica” la denunció recientemente el diario La Libertad).
 
Vino el toque de queda, pero la peste se vistió de fiestas. Y las estadisticas se hicieron alarmas. Foco de contaminación. Regresó el espiritú de vivir peligrosamente. Ebriod.
 
Salieron los sabios anónimos a opinar. A criticar. A los barranquilleros  como “corronchos”, fiesteros, “mamadores de gallo”, parranderos, metedores de “frías”, bulleros. Bacanes. Y los más sabios, los eco-nomistas, nos dijeron “pendejos”, ilusos engañados por unos turcos, como la canción de Anibal Velasquez, “Tuerco Perro”: la plata o la j(ropa).
 
No nos crean imbeciles. No por barranquilleros nos estamos contaminando. Pero es inequivoco que estamos sufriendo la peste que tomo al mundo por sorpresa. 
 
Es claro que no aplaudo conductas imprudentes. Solo intento explicar lo que somos en realidad culturalmente. Como tampoco estoy interesado en ser defensor de las autoridades que gobiernan, por mandato popular, la ciudad y sus municipios. Creo que actuan de buena fé. Para ello recuerdo lo consagrado en el artículo 83 constitucional :”LAS ACTUACIONES DE LOS PARTICULARES Y DE LAS AUTORIDADES PÚBLICAS DEBERÁN CEÑIRSE A LOS POSTULADOS DE LA BUENA FE, LA CUAL SE PRESUME EN TODAS LAS GESTIONES QUE AQUÉLLOS ADELANTES ANTE ÉSTAS”.
Con la intensión de acertar. Ellos, como personas, tambien estan es riesgos. Hay ejemplos que lo indican. Son barranquilleros de carne y de bautizo. ES HORA DE COMPRENDER SUS ESFUERZOS PARA ENFRENTAR EL MAL. Gobernar no se aprende, sino en el combate. Es la práctica la que hace sabios.
 
Y se han cometido errores. Uno. El escaso poder de las comunicaciónes con ciudadanos que no sabemos vivir encerrados. Acuertelados. Barranquilla no ha vivido dictaduras. Somos una democracia de conflictos, no de consenso. Un barrio arriba y otro barrio-abajo. Lo que nos hermana, de buena manera, son los Carnavales y el futbol en el Metropolitano. Y por ello no podemos ser acusados. Y menos juzgados por quienes ni viven ni padecen nuestra idiosincracia nietzscheana repito. Tememos tanto a la muerte, de ella nos burlamos, que vivimos disfrazados del cuerpo y del alma de “La Mari-mondá”: simbolo entrañable de lo que somos: unos peligrosos vividores de la vida. Esa vida buena que no es la buena vida. Aunque pueden ser la misma cosa. Hércules, el del mito, lo sabía mejor que yo, que vivo la pandemia desde un balcón, que me regala atardeceres de sol y Rio y Mar.
 
Presumo que en los equipos de asesores de Alcaldes y Gobernadores, para combatir los males del Covid-19, están repletos de cientificos en salud y de estadigrafos, no habra ni pedágogos ni filósofos que hayan estudiado qué es la prudencia y qué es la vida humana como fin, no como medio. Es hora que no sigan consultando nada más a los soldados. En las crisis tambien hay ociosos pensando y escribiendo corazonadas.
 
La pedagogia debe difundirse desde la casa para la calle. Y no se enseña con megafono, sino gobernando para el bienestar general. Dejemos de ver la ciudad por estratos socio-económicos. Barranquilla es una sola. Y nuestras autoridades no son perfectas. Pero son nuestras autoridades, asi le duela a los contradictores. Desde unos jardines con balcón recomiendo volvamos al dilema de Hércules.
 
A Hércules, cuenta la mitología, lo abordaron en plena juventud killera, dos atractivas mujeres. Una cubierta con un vestido inmaculadamente blanco. La otra con escote y pocas ropas. Ambas tratan de persuadirlo para que las acompañe por sus senderos. La primera es la vida de esfuerzos y trabajos cuya recompesa es la inmortalidad. La segunda es una vida de sexo, fiestas y divertimento. Hércules escoge EL DEBER O LA VIRTUD. Y se gana la inmortalidad. Eligió entonces LA VIDA BUENA. Rechaza LA BUENA VIDA.
 
Ese conflicto de Hércules es el que afrontamos los barranquilleros frente a la pandemia. O LA CASA O LA CIUDAD. El deber de cuidarnos o el desafio al contagio.
Y concluyo con esta enseñanza:” NO PORQUE LA VIDA SEA BUENA, TENEMOS QUE AMARLA, SINO QUE DEBEMOS HACERLO PARA QUE LO SEA. EL HOMBRE ES UNA BESTIA EXTRAÑA: LA ÚNICA QUE HA DE TRANSFORMAR SUS PULSIONES EN AMOR”( ver EL PLACER DE VIVIR (paidós), André Comte-Sponville. Pag 248).
 
Propuesta.  Luchemos contra la peste con nuedtras armas. La pasion.
 

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