ARDO DE AMOR POR PARÍS.

Gaspar Emilio Hernández Caamaño.
 
Ver, sobre el medio dia del lunes santo, el fuego ardiente sobre la aguja de la Catedral de Notre Dame y verla caer, lentamente, ardiendo en llamas sin sol, me devolvió al Paris que, como dicen por ahi, no conozco, que nunca he pisado, pero que amo desde mis sueños de libertad. Paris es Occidente. La modernidad, el Estado de Derecho, la guillotina. Y hasta mis narices y sentidos han llegado los olores a excremento y rata de sus calles, las noches en que cantaba boleros, a lo Bienvenido Granda,  el desconocido García Márquez para no morirse de hambre, los cafes donde Sartre y Beavouir discutian sus infidelidades, La Rayuela que saltaba Julio Cortazar seduciendo a su tocayo Julio Olaciregui, mis clases de francés en la vieja sede de la Alianza, el Camús de Combat, las peliculas de Truffaut, las aventuras eróticas de Picasso, la música del Paris nocturno de Wody Allen, la fiesta eterna de Hemingway, los poemas de Apollinaire, el Emilio de Rousseau, las canciones de Aznavouor  y Édith Piaf. Ese Paris desde donde me regala libros  la musa de amarillo. El Paris de los amantes felices. En fin, el París que no conozco pero saboreo cada vez que puedo escuchar música, leer filosofia y novela, ver cine y caminar por la imaginación con ese amor por lo desconocido que aprendí leyendo los libros de André Comte- Sponville y Luc Ferry. París arde en mi porque me enseñó a pensar y escribir libremente. Y La  Aguja volverá a levantarse otra vez al lado del Sena de los amores declarados.

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